Fingir emociones en el trabajo

Fingir emociones en el trabajo

¿Te esfuerzas a diario en la oficina para mostrar la cara corporativa correcta? Se trata de una estrategia habitual para cumplir con las expectativas de la empresa. Pero fingir emociones en el trabajo tiene consecuencias negativas para nuestra salud.

Así lo indica un estudio en el que participan la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad de East Anglia (Reino Unido) y la Universidad Erasmo de Rotterdam (Holanda). En la investigación recogieron datos de 800 vivencias laborales de trabajadores de nuestro país. Y ésta analiza también las consecuencias que conlleva la regulación de las emociones para las parejas.

Agotamiento emocional

Fingir emociones en el trabajo –o en cualquier otro contexto- sin sentirlas de verdad exige un gran esfuerzo. Para mostrar las emociones que consideramos apropiadas y proyectar, así, la imagen que exige la empresa tenemos que modificar nuestras expresiones sin que nuestro estado emocional interno cambie. Y esto es agotador.

Según esta investigación, publicada en Spanish Journal of Psychology, los afectados sienten que no pueden más y sufren decaimiento físico y psíquico. Al mismo tiempo, disminuye su interés por establecer relaciones sociales.

Se desencadenan síntomas como la depresión, estrés, ansiedad o fatiga, así como dificultades para conciliar el sueño. Además, muchas veces también se fingen emociones al llegar a casa, en las interacciones con la pareja. Lo que repercute sobre la satisfacción marital.

Mantener las apariencias

La expresión ‘trabajo emocional’ fue utilizada por primera vez por la socióloga Arlie Hochschild -que investigaba sobre aerolíneas-. Se refiere al esfuerzo empleado para regular nuestras emociones y mantener una apariencia facial y corporal en nuestro entorno laboral. El objetivo es influir, a su vez, en las emociones, actitudes o conductas de los demás.

Ocultamos nuestras emociones negativas y/o nos esforzamos por parecer positivos o expresar algo que no sentimos. También fingimos que nos interesa lo que no están contando nuestros compañeros. O nos esforzamos para no hacer críticas. Poniendo en riesgo nuestro bienestar mental.

La situación se complica si debemos adoptar determinada cultura de trabajo o actitudes como la ambición o hambre de éxito. También pueden derivar en pensamientos del tipo ‘tengo que ser perfecto’ o ‘soy el que más trabaja’. Que aumentan los niveles de ansiedad.

Y empeora aún más si trabajamos de cara al público, en un servicio de atención al cliente, por ejemplo. O con pacientes médicos. Donde debemos atender reclamaciones de personas enfadadas, ansiosas, enfermas o que no nos tratan de forma correcta.

Estrategias para afrontarlo

¿Cómo podemos actuar en estos casos? La primera recomendación es no fingir. Asumir que todos tenemos días malos. Dejar de mostrar emociones que nos son reales y mantenernos fieles a nuestros sentimientos.

Aprende a manejar a los compañeros y clientes difíciles con profesionalidad. No escales el conflicto y hazle frente a través de los canales adecuados. Por email, en una reunión… pero no en la máquina del café o en una comida de empresa. Y sin llevarlo al terreno personal.

Recurre a técnicas de respiración cuando te veas envuelto en un conflicto y experimentes emociones negativas. Te ayudarán a pensar mejor, y a controlar la presión arterial y la tensión muscular. Reduce, si es posible, las horas extra y fomenta tu vida fuera del trabajo.

 

Imagen rawpixel (Pixabay).

 

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